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Viaje a Galicia, descubriendo nuevas tierras...

Decía el Premio Nobel de Literatura André Gidé que “el hombre no puede descubrir nuevas tierras hasta que tenga el valor de perder de vista la orilla” y, precisamente, parte de esa filosofía es la que nos ha inspirado durante nuestro reciente viaje…

Durante dos jornadas hemos podido atravesar fronteras que creíamos imposibles; descender hacia lo más profundo y subir a lo más alto para cerciorarnos de que esta nueva y apasionante aventura merece todo nuestro esfuerzo, viviendo en la incomodidad para, como nuestras vides, dar lo mejor de nosotros mismos.

Primera parada: Pozo Sotón, Asturias
A 500 metros bajo tierra la perspectiva es muy diferente. Poco vamos a aportar a estas alturas sobre la dureza del trabajo de los mineros pero una cosa es relatarlo y otra muy distinta es vivirlo in situ. En Pozo Sotón, bien de interés cultural, lo primero que llama la atención es el memorial que recuerda a los 540 mineros que han perdido la vida en sus entrañas desde 1967. Personas que –siempre salvando las distancias-, buscaban al igual que nosotros sacar lo mejor de la tierra gracias a su esfuerzo, tenacidad y compromiso. La travesía entre las galerías de la mina fue una auténtica aventura que nos puso en nuestro lugar frente a la naturaleza. Adrenalina, esfuerzo y reconocimiento a la labor de tantas personas que han dado su vida bajo los techos y paredes de la hullera.

Segunda parada: un paseo por las nubes
Tras la bajada al corazón de la tierra nada mejor que tomar aire y coger perspectiva desde el Mirador del Fitu, en Caravia. Una vista emotiva e inspiradora perfecta para “aterrizar” la labor que nos ha llevado hasta aquí: el reto de dibujar el futuro, de construir el legado de Alma Carraovejas.

Las duras horas de trabajo y las jornadas intensas en un enclave como PuebloAstur lo son menos y nos han permitido visualizar un camino en el que buscamos explorar nuestros límites, ir más allá para “descubrir esas nuevas tierras” que citaba Gidé.

Tercera parada: Galicia, el fin y el inicio
Solo quien ha pisado los viñedos de Emilio Rojo y Viña Meín puede entender la envergadura de una viña que es pura emoción. Solo quien ha escuchado al propio Emilio y a su mujer Julia hablar de este terruño podrá entender que estas parcelas de treixadura, loureira, albariño, lado, torrontés o godello son un patrimonio que se remonta en el tiempo. Solo paseando por las orillas del Monasterio de San Clodio entenderemos por qué esta tierra es historia viva de la viticultura. Y no pudo haber un mejor final para nuestro viaje que escucharlo en boca de sus protagonistas.